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Hace años que esperaba, como muchos otros , otra novela de Gustavo Valle, así que Amar a Olga,  recién publicada por la editorial española Pretextos, despertó de inmediato mi curiosidad. Reproduzco aquí, con el permiso del autor, lo que le escribí después de leer el libro, con algunos cambios para evitar spoilers.

Así comienza:

Diablos, Gustavo, ¿cómo te arriesgaste, en esta época, escribir una historia de amor que no sea novela rosa, ni cursi, y que ni siquiera sea gay? ¡Jajaja! ¡Me encanta! Amar a Olga es la versión moderna de la eterna historia de Romeo y Julieta, separada en dos etapas en el tiempo y, por supuesto, venezolana. No menos trágica por ello que su prototipo shakespeariano.

Terminé Amar a Olga de un tirón;  la calidad de su narrativa hace que se lea como un thriller. Confieso que al principio me sorprendió el alto nivel de testosterona de la historia  (no nos ahorras ni una paja del protagonista, jeje); después constaté que la atmósfera y el tono del texto varían segun las etapas de la vida; la preminencia del erotismo acelerado es propia de la edad de los chamos que la protagonizan y se potencia al ser recordada por un hombre en su crisis de edad adulta. Pronto el registro narrativo cambia mientras se profundiza esta crisis, unida al doloroso crecimiento existencial. El protagonista se aferra a Olga, una quimera que reúne la nostalgia de la juventud perdida, la insatisfacción vital del adulto y la sensación de que su relación actual se ha, simplemente, agotado. El proceso de la separación, el dolor de entenderlo y de entenderse a sí mismo, y la autodestrucción del protagonista están narrados de manera magistral, siempre en primera persona. Paradójicamente, solo la locura de su quimera adolescente lo mantiene cuerdo.

Armados con la lógica de la vida y de mucha literatura anticipamos, pues, que la búsqueda de Olga termine estrellándose contra la realidad de una mujer adulta, casada, ajena ya a su recuerdo juvenil, y que el encuentro provoque más bien la resaca del narrador, para que este madure por fin. Y aquí viene la sorpresa. El libro coquetea con todos los clisés de una historia de amor y los evita cada vez, dando un sutil giro ante la nariz del lector. 

Lo mismo ocurre con la inevitable realidad del contexto venezolano: contra todo pronóstico no es el tema de la novela. Me gusta que su sordidez no degenere en literatura de la denuncia, sino que sirva de soporte a una historia personal.  Me gusta también que la narrativa no sea uniforme, que se adapte a los ritmos vitales del protagonista. Confieso que hasta el último momento esperé o temía un golpe final de desencanto, pero también aquí has esquivado la caída en lo previsible. Me gusta mucho el reconocimiento de la fuerza del pasado junto con el desprendimiento de él en un despegue físico y metafórico a la vez: un bello final abierto.

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