In Blog, Ficciones Asesinas

Esta historia se cristaliza como tal con la muerte de Ambrosio Garza quien voló desde su balcón del quinto piso en una silla de ruedas. Pero en realidad no tiene un comienzo definido, como no lo tienen las formas de las ciudades o de las rocas que esculpe el mar, ni las vidas cuando quedó atrás la mayor parte de ellas. Podríamos iniciarla en cualquier día cercano a aquel suceso, en cualquier entrada que haya tecleado en su diario Elizabet Rosenberg, viuda, escritora, habitante del Conjunto Mayoral, apartamento A25 y protagonista de estos eventos.
Por ejemplo, en esta:

MIÉRCOLES, 28 DE MAYO

He leído posts sobre ella y hoy, en efecto, la vi, enorme en la oscuridad del sótano. Por suerte, muerta: los gatos han hecho su trabajo, como dicen los defensores de los gatos de nuestros grupos de whatsapp. Desde que se echó a perder la segunda bomba de agua las alimañas se han vuelto visibles, quizás envalentonadas por las cañerías vacías. A una vecina del primero le saltó un ratoncito de la poceta. Pequeño, un bebé, precisó casi con ternura. Brrr. Pero esa rata, la que vi, no era un bebé ni tampoco podría saltar, gracias a Dios: estaba tiesa, con los dientes afilados fuera de la boca y la barriga que ya comenzaba a hincharse.

La vi, y el ansia de procesar lo que vi me impulsó a releer a Clarice Lispector como se toma un vaso de agua purificadora; al menos unos sorbos de Clarice que parece tan despreocupada por la acción y la velocidad del relato y por no aburrir a nadie con descripciones minuciosas. Y, sin embargo, basta una rata muerta –precisamente: una rata muerta– para poner en jaque a toda la creación de Dios, basta un ciego mascando chicle para que tambaleen los más sólidos andamios de una vida. Su narrativa me envuelve como una nube de escarcha que se extiende hacia afuera de mi cocina abarcando con su magia el pedazo de cielo y el apamate que florece en el patio y hasta los miserables balcones del edificio C que suelo espiar a veces entre sus ramas; me revitaliza la mente, hace renacer las ganas de ser y estar y escribir así, de esa manera. Pero uno es lo que es, y tú, mi querida Bet, no posees el vuelo de los grandes. Sacre Clarice. Tú narras lo que ella hace intuir. Tú dices, y ella lo infiltra por ósmosis; tú necesitas manosear con los diez dedos lo que ella apenas roza con su ala inasible. En la prosa de Clarice hasta una gallina vuela. ¿Pero cuán alto puede volar una Rosenberg con sus alitas de nada y las patas de uñas rojas hechas para escarbar la tierra?, una Rosenberg falsa, para colmo, ya que ni siquiera es judía. ¡Jajaja! Sin embargo, tras releer algún fragmento de Clarice renace la ilusión de que existe un nivel de narrativa en que la realidad devela su dimensión paralela. Y por unos instantes estoy feliz. Me emociono, me sube la tensión, me derrito sobre una página aunque sea de este diario y trato, trato.

Qué bien, tía, diría Daniela, como lo decía antes cuando todavía traía a veces una botella de vino chileno y las copas nos soltaban la lengua. Celebro que lo estés intentando. (Subentendido: tal vez produzcas por fin algo publicable.)

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