“Para mí el español de Venezuela es precioso”

 In Entrevistas

El Librero Año 4 N°45, Diciembre 2010/Enero 2011
El autor como lector.
Krina Ber.

Empezó a escribir en polaco, luego rebotó con el hebreo, se refugió en el francés, se enamoró del portugués y finalmente se quedó con el castellano, el idioma que la convirtió en la sorprendente escritora que es, y en la que hoy lo lee todo, para no perderlo nunca.
Rafael Osío Cabrices.

¿Cómo escribe tan bien Krina Ber, nos preguntamos tus lectores? Ella nació en Polonia, hija de una pareja que era la única en su familia que sobrevivió a Shoah, y empezó a escribir en la lengua en que leía, el polaco, poemas cuando tenía seis años. Pero cuando sus padres aprovecharon el deshielo temporal de la muerte de Stalin que permitía a los judíos polacos emigrar a Israel, Krina se encontró con que el hebreo no le entraba. “Fue un cambio muy duro”, recuerda con su español impecable de acento pedregoso. “Se escribía al revés y para mí toda la cultura estaba al revés. Por lo demás, el país tenía la misma edad que yo y se trataba de que fuera todo real. Y es uno de los países más reales que conozco: la gente de ahí de verdad sabe que tiene un país”. En 1967, poco antes de la guerra del Sinaí, se fue a la Suiza francófona a estudiar Arquitectura, en el idioma que ya dominaba porque había recuperado en él el placer que antes le dio el polaco. “A Proust lo leí primero en polaco y luego en francés. Pero yo amaba el francés como todos los polacos”.

En Suiza conoció a su esposo, un portugués que huía del salazarismo, y con él se fue a Portugal, donde adoptó otra lengua y otra vida. En los años 70 se mudaron a Caracas a fundar su oficina de Arquitectura y Krina aprendió español leyendo diccionarios y luego literatura del Boom. “Pero con el trabajo y los niños no leí nada en 20 años. Cuando llegó el email recuperé amistades de mi juventud y el contacto con la literatura. Un día fue a inscribir a mi hijo en la UCAB y me sentí feliz ahí, como si ya la conociera. Entré a un curso de con él de oyente y luego a talleres de literatura con Eduardo Liendo. Fue una maravilla: a los 52 años escribí mi primer cuento, ‘Benjamín y la caminadora’, que ganó una mención en El Nacional. Eduardo fue el primero que me dijo que yo era una escritora y yo me reía. Seguí en los talleres porque me hacían feliz, me daban un ambiente mucho más mío: Celarg, Escribas, el ICREA, y luego la maestría en Literatura Comparada en la UCV. Participé en todos los concursos y gané premios o menciones en seis de ellos y la barrera es más alta: estoy escribiendo una novela desde hace tres años que lo absorbe todo, y que no me permite ni escribir un cuento”.

Esa novela “sigue mucho mi propia biografía, pero es sobre otra persona, una mujer que en 1993 vuelve a su natal Polonia a visitar a sus padres y descubre que no ha olvidado el idioma, que está intacto como piezas de porcelana que uno desenvuelve.

He mandado algunos capítulos a Liliana Lara, una venezolana que escribe en español en Israel, en un blog. Yo olvidé el polaco en el que se puede escribir, no el de la vida diaria; ‘si es por dominar un idioma’ para ir a comprar comida o andar por la ciudad domino seis, pero es un milagro que el idioma en el que haya vuelto a escribir sea el español, y el español de Venezuela, el único que conozco. Desde hace diez años, cuando decidí volver a escribir, he tratado de no usar otro idioma porque ése es precioso, adquirido a una edad muy madura, y no quiero que se me vaya. De hecho escribo mejor que como hablo. Creo en enamorarse de una frase, de una manera de decir una cosa: así, el cuento saldrá”.

Habla muy bien y sí, a lo mejor escribe mejor: sus cuentos, publicados en el desaparecido Cuentos con agujeros (Monteávila, ganador del concurso Inéditos) y el que sí se consigue, Para no perder el hilo (Mondadori), tienen un gran sentido del ritmo, una prosa accesible pero muy rica y una notable capacidad para adentrarse en las sutilezas de las relaciones humanas. “Lo que me interesa en la relación compleja con lo que a la ligera definimos como realidad. Tengo problemas con la realidad. Yo invento una esquina entre una calle real y una inventada, porque un exceso de exactitud te puede arruinar una pieza de ficción. Me interesa en la novela la inestabilidad del pasado, que sólo podemos si solo podemos seguir adelante si le damos cierta forma fija, y la limitada capacidad de vivir realmente lo que estamos viviendo. Me gustan cuentos complejos, que abarquen una experiencia total de la vida. Escribo mucho porque soy extranjera y todo lo quiero descubrir. Uno debe escribir lo que le gustaría leer, que tenga algo misterioso que te haga seguir leyendo. A nadie l interesan los estados del alma de otra persona. Debe haber una buena historia”.

 

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