Carlos Sandoval: presentación de Nube de polvo, de Krina Ber

Librería Kalathos

Septiembre 12-2015

Cuando se escriba la historia de la narrativa venezolana de este período, el caso de Krina Ber destacará como uno de los más curiosos por su rápida apropiación de una lengua extranjera para convertirla en lenguaje artístico. De todos es conocido el anecdotario: su pasantía por varios talleres que le permitieron afinar los recursos expresivos de una vocación que necesitaba materializarse y que, con la paciencia y tenacidad de quien se sabe arrebatada por un daimon, pronto cristalizó en la obtención de importantes concursos, uno de los cuales, el del diario El Nacional, metería a Krina en el circuito literario del país con el fulgor de un relámpago. Así, su carrera desde los salones donde Eduardo Liendo comentaba sus primeros trabajos hasta cuando dos grupos de jueces premiaron “Amor” (El Nacional) y “Los dibujos de Lisboa” (Sacven) ese año para ella maravilloso de 2007, había sido una suerte de meteórica busca del tiempo perdido que ya sumaba un libro también merecedor de trofeo (Cuentos con agujeros, 2004), y que en 2009 daría paso a su segundo compendio de narraciones: Para no perder el hilo. No obstante, y acaso como una breve burla del destino en virtud de este último título –si es que el destino existe– Krina hizo silencio público obligada por adversidades que nos gusta llamar “circunstancias”, pero que en realidad no son más que estaciones de vida que sin duda alimentarán nuevas creaciones.

 

En ese lapso de silencio nos tomamos varios cafés: Krina andaba preocupada porque sus cuartillas no avanzaban al ritmo deseado, pues debía invertir las horas en ocupaciones económicas urgentes; yo no hacía más que animarla recordándole los valores de su prosa y el asombro que siempre produce constatar que escribe con mayor solvencia que muchos que tenemos como lengua nativa al español; además de haber mostrado, desde el principio, un claro proyecto narrativo –una poética– que la distingue del grupo de narradores, si nos ponemos académicos, al cual se adscribe: el conjunto de quienes publicaron sus textos príncipes en la primera década de este siglo XXI (Carolina Lozada, Rodrigo Blanco, Sol Linares, Gabriel Payares, Enza García, Fedosy Santaella, entre otros).

 

En una de esas cafetadas me habló de un proyecto de novela. Humilde como es, no daba demasiado crédito al esfuerzo; creía que el tiempo de esa obra había pasado y que debió haberla escrito en sus años juveniles. Se la pedí para leerla y si me gustaba, le dije, la presentaría al comité editorial de la Colección Papiros de Equinoccio, donde por esos días me encargaba de la Serie Narrativa. Sobra decir que la pieza me encantó: la tersura del estilo, el manejo técnico, el argumento dejaban colar más de cuatrocientas cuartillas con la suavidad de una brisa marina –escenario donde ocurren las acciones– casi sin percatarnos, al vaivén de un seductor oleaje (y que valga el lugar común).

 

El comité aceptó mi recomendación. Los árbitros dictaminaron a favor y hoy tenemos, gracias a las labores editoriales del equipo de Equinoccio, pero sobre todo de nuestra queridísima Evelyn Castro, Nube de polvo, la primera novela de Krina Ber.

 

Aunque desde hace unas semanas circula en las redes sociales la invitación a esta convocatoria con el lema “la novela juvenil que no escribí de joven” (idea que Krina sostenía mientras nos intoxicábamos de café en un localito del Centro Plaza), en rigor se trata de una pieza que simula ser un Bildungsroman, pero que en realidad se halla construida sobre la base del punto de vista de una mujer que desde la actualidad de sus treinta y cuatro años relata unos episodios cardinales de su vida ocurridos cuando sólo tenía catorce. Es decir, no estamos ante la narración de una chica que, en presente, cuenta las peripecias que sustentan la historia; Nube de polvo constituye la requisitoria y cierre de unos acontecimientos que formaron el carácter de una profesora universitaria, Vilma Sandoval (no, no es mi pariente), envuelta casi por azar en unos hechos tremendos que, simultáneamente, definen cierto modo de ser del país (con todo y que ese no es el motivo de la anécdota principal, del argumento).

 

La historia gira en torno de una casa de playa levantada con tenacidad y paciencia por el padre de Vilma en una bahía por los lados de Morrocoy o cercana a esta zona. En esa vivienda Antonio Sandoval ha invertido sus menguados ingresos de profesor universitario con una pasión que convierte ese espacio en una especie de proyecto vital. Todo ocurre en un verano, según nos cuenta la narradora —en un ardiente agosto de fines de los ochenta. El precoz descubrimiento del amor y del sexo en Vilma pronto deviene en una trama de fechorías mercantiles y mentiras, donde todos los personajes (incluido el bueno de Antonio) resultan unos pillos (un poco en la línea del “vivo criollo” que nos caracteriza).

 

Éste no es, sin embargo, el dispositivo temático que desencadena la mecánica narrativa. El texto insiste en mostrar el desarrollo de Vilma a través de la exploración de sus pulsiones amorosas y sexuales, pero contadas desde la perspectiva adulta a propósito del fortuito encuentro del personaje femenino con su primer amante. Estas incursiones revelan, en una primera instancia, la fuerza del complejo de Edipo que atenaza a la joven, el cual se transforma de inmediato en tenue odio hacia la mujer del padre (y hacia éste mismo) hasta diluirse en otras emergencias: el ardor del sexo mezclado con díscolo enamoramiento focalizado en un chico de diecisiete años (Vilma tiene catorce, no lo olvidemos). No obstante, lo que prometía desarrollarse como un idilio adolescente se precipita hacia una trama de intereses pecuniarios relacionados con la casa que, a su vez, degeneran una turbia componenda de engaños. Pasajes oscuros que perseguirán a Vilma hasta la tarde caraqueña cuando finalmente, veinte años después, pueda cerrar aquellos capítulos de un tórrido, confuso y tormentoso verano. Una ruptura, sin más, que divide la vida de esta mujer obligándola a madurar en una tempranísima etapa de su existencia.

 

Hay que destacar en Nube de polvo el excelente manejo de los puntos de vista: una estrategia que crea el efecto de Bildungsroman, según se dijo, y el paso sin disrupción de las varias temporalidades donde se ancla la historia, agilizadas (el paso de las temporalidades) por una plástica sintaxis que nunca disminuye la tensión ni el implacable cuidado de la prosa. El montaje en breves capítulos sin nombre contribuye, asimismo, con la fluidez del ritmo.

 

Así pues, les invito a sumergirse en esta Nube de polvo, metáfora que, de manera general, apunta a la demolición de la casa que sirve de refugio para el despliegue de la anécdota, pero también como prueba de la volubilidad del recuerdo y de las falsas interpretaciones, de los anhelos y sueños rotos. Una rotunda imagen del fracaso y, paradójicamente, del triunfo de la vida. Con esta nube se bautiza a sí misma Krina Ber, la novelista.

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