Opinión: Roberto Lovera De Sola

 In Para no perder el hilo

26 de Septiembre de 2014.
Roberto Lovera De-Sola.

Roberto Lovera De-Sola.- No es una exageración, ni un ditirambo sin sentido, decir que Krina Ber (1948) es una de las mayores cuentistas de nuestras letras actuales. Decirlo no es poca cosa, dada la honda tradición de cuentistas de nuestra literatura, siendo este, a nuestro entender, el género mayor de nuestra narrativa. Hasta ahora ella ha publicado dos colecciones de relatos: Cuentos con agujeros(Caracas: Monte Ávila Editores,2004. 157 p.) y Para no perder el hilo(Caracas: Mondadori, 2009. 269 p.), volumen que será el objeto de este análisis. Tiene además, ya escrita y terminada, su primera novela, Nube de polvo, por aparecer en las ediciones Equinoccio.

 PROLOGOMENOS

Hay que tener siempre claro, cuando andamos entre las hojas de Para no perder el hilo, la observación de su autora según la cual cualquier vivencia al escribirla se transforma en ficción(p.269).

Ahora bien, para definir y comprender a esta escritora tenemos que señalar que ella, en 1975, no solo vino a estar entre nosotros, aquí aprendió a escribir en lengua castellana, lo que es distinto a hablarla, entenderla y leerla. Es un segundo aprendizaje. Además de esto Krina Ber se aposentó en nuestro país, aprendió nuestros modos de ser, leyó nuestra literatura, estudió nuestra historia y ejerce su profesión de arquitecta. La hondura de su venezolanidad lo percibimos especialmente en relatos del libro que comentamos como “Experta en extravíos” y en “El Quiosco de Nilda”, este último es una particular recreación del Caracazo.

Una acotación: fue el Caracazo(febrero 27-marzo 1,1989) un grave suceso, fue aquel “lunes rojo y negro” que dijo Manuel Caballero(1931-2010), suceso vaticinado, desde su imaginación, nueve años antes por el maestro Arturo Uslar Pietri(1906-2001) en su notable cuento “La ciudad”, de su libro Los ganadores(1980). Y, la rebelión urbana, antes, fue recreada también por Rodolfo Santana(1944-2012) en su pieza “La horda”, de 1970, editada pero nunca puesta en escena . Desde el análisis de Caballero se explaya la verdadera interpretación de aquella rebelión urbana, desde luego, distinta a la manipulación histórica de la que fue objeto luego. Fue un hecho colectivo, anárquico, de protesta, una suerte de 23 de enero social, como observó Caballero.

Volviendo a Para no perder el hilo entre los mejores textos de esta obra, en donde hay redondos cuentos y para nosotros algún acercamiento a la nouvelle, o la raíz de una novela, como “Los dibujos de Lisboa”. Subrayamos como lo más hondo y acabado de este volumen relatos como “Amor”, paradigmático en la forma como toca el tema que le da título, el encuentro en Nueva York de dos jóvenes quienes se cuentan en Nueva York.

El segundo, entre los que hemos escogido, es “El quiosco de Nilda”, recreación de una ardua hora caraqueña, el Caracazo, mirado desde un ángulo muy personal, tanto que Krina Ber lo denomina “Cuento de Hadas urbano”, lo es, sobre todo, cuando en su desarrollo lo fantástico se enlaza con lo real.

El tercero es “Experta en extravíos”, visión de la deteriorada Caracas de nuestros días y de sus personas siempre sufriendo, me medio del deterioro citadino..

El cuatro es “Los dibujos de Lisboa”, memorable narración, sin duda, de donde hasta se puede deducir, ya lo veremos, una suerte de teoría del contar y del escribir.

El quinto es su “Carta a Klara Ostfeld”. Aquí la ficción se voltea ya que nos ofrece un cuento auténticamente autobiográfico, escrito con el fin de hacer memoria de importantes momentos de su vida, mencionando las fechas exactas de lo que cuenta y los nombres de los protagonistas.

Todos los cuentos de Krina Ber son relatos urbanos, texto sobre la ciudad y sus gentes. Situados en lo cotidiano. Cuando se trata del querer con “el amor incrustado en lo cotidiano” (p.22), como se lee en “Amor”, relato hondamente celebrado y que le permitió, al recibir (2007) el Premio del Concurso de El Nacional, que es consagratorio entre nosotros. Varias antologías lo han compilado.

Krina Ber es arquitecta de profesión. Y es imposible al leer ciertos pasajes de sus narraciones no encontrarnos con la mirada del arquitecto, está, más de una vez, presente en algunos de los matices de las urbes que recrea.

Siempre están presentes aquí recreaciones de su Polonia natal, del Israel de su adolescencia, de la Suiza de sus estudios universitarios y de la Lisboa de los tiempos de su matrimonio con un lisboeta, arquitecto como ella. Allí están las fascinantes ciudades de esas naciones.

Pero, venida aquí, logra llegar más hondo en su compresión de la tierra que la acogió, ya profesional bien formada. El venezolano es para ella ser de “vida de trabajo y rumba” (p.116), como se lee en “El quisco de Nilda”; o aquello de que “todo se olvida bajo el sol tropical” (p.121), de “Experta en extravíos”.

EL TÍTULO

El largo bello título de este tomo lo hayamos explicado cuando leemos, en “De cuchillos y tenedores”: “A veces, el hilo reaparece donde menos lo esperamos…dignos de ser preservados en el templo de la memoria” (p.71). “Metáfora textil” denomina el crítico Carlos Pacheco (1948) a esta narración .

LA ENTRAÑA

Quizá, el corazón, la entraña, de estos bellos escritos, la hallamos cuando, en su celebrado cuentos “Amor” hallamos esto: “algo tan de siempre y tan de a veces, en todo caso suficiente para ella, dulce refugio de placer debajo de la superficie de los días” (p.15). Desde luego lo concibió bellamente, siempre consciente “Qué difícil escribir sobre el amor así. El cuento pide desarrollo y crisis. La vida no. Mejor no” (p.22). Como “Amor” está dirigido al hombre amado traza esto: “Solo quería que te acordarás de ese día, amor. De esa noche más bien” (p.27), “O fue más bien el aun inconfesado viaje de amor” (p.28).

En “La vida en colores” nos encontramos con este trozo: “Por otra parte, al volcar toda la atención en las cosas minúsculas de la vida, Celeste andaba por el mundo muy despistada. No le interesaban los periódicos y no le gustaba viajar. Se limitaba a sonreír, incrédula y con buena educación, cuando la gente trataba de abrirle los ojos sobre las crudas verdades de la existencia, de modo que nunca se enteró siquiera de la existencia, de modo que nunca se enteró siquiera de las infidelidades de mi abuelo, quien la adoraba a pesar de sus famosas andanzas”(p.45-46). Celeste estaba más interesada en lo diario que en otras cosas más despiadadas, tan abundantes en la Caracas de estos días.

UNA TEORIA DEL CUENTO

Al releer Para no perder el hilo nos hemos encontrado con una meditación sobre el arte de escribir cuentos, que es el propio oficio literario de su autora.

Esas observaciones las encontramos espigadas en varios momentos.

Sentimos que debemos comenzar con esta cita, de “Amor”: “El cuento pide desarrollo y crisis” (p.22), dos notas esenciales del género.

O tal cuando leemos: “Cual narradora de Las mil y una noches siempre sacaba de la manga una nueva versión que empalmaba en bifurcaciones inesperadas dentro de las precedentes” (p.97), tal se halla en “El quiosco de Nilda”; escribe que invencionar un cuento “Tenía algo de tesoro y de historias escondidas” (p.142), como en “Los dibujos de Lisboa”. Buscando siempre la creadora los recovecos, los rincones, “Ella, desde chiquita, se refugiaba en su mundo de detalles” (p.47), como en “La vida en colores”.

A veces, casi siempre, la cuentista debe seguir las reglas de la escritura del cuento. Pero cuando se ha hecho dueña del universo que diariamente visita se produce un segundo grado, “Como un cuento que no respeta las reglas de la narrativa: un cuento que sin trasformación de los personajes y, sobre todo, sin desenlace. Y que los ángeles ayuden a mantenerlo así, por todo el tiempo que sea posible” (p.42), como es el caso de “Amor”, en donde todo es conocido por todos, pero en esta ficción tiene un singular ángulo, es una personal creación, ya que es el reencuentro de los dos enamorados en Nueva York después de una crisis de pareja, en donde alguno tentó la sexualidad de la protagonista. Tiene razón, Carlos Pacheco, al observar en su tejido: “Se atreve a explorar de manera explícita y directa sus mandatos emocionales y eróticos, sin dejarse arrollar por esa suerte de moderno puritanismo al revés que solo considera ficcionales o dignos de representación artística la sexualidad y, en general, la relación amorosa cuando tiene lugar fuera de la pareja estable” . Además, es la visión y la experiencia de una mujer, escrita desde su piel.

Aquí puede ser contar y escribir, tal cuando en “La vida en colores” nos encontramos: “Nunca supo contar los cuentos de principio a fin y sus relatos quedaban inconclusos, sin develar todo su misterio” (p.46). Desde luego, sin misterios no hay las posibles conjeturas que se hace el lector. Sin ello, los finales abiertos carecerían de sentido, porque, como se lee en “El quiosco de Nilda”, “sentados sobre El Saibor, examinando una y otra vez los posibles significados de las respuestas y los silencios de Nilda” (p.95). Por ello mismo, en el mismo cuento, “de esa versión con su rapacidad creativa, la embellecía y retorcía, enriquecía el mundo subterráneo de pasajes peligrosos y seres fascinantes de terror que resguardaban el camino”(p.98), ya que “Podrían pasarse la vida entera fantaseando con los mundos subterráneos”(p.99) que el cuento nos propone, las mil conjeturas posibles, como en todo el suceder de “El quisco de Nilda”, que sucede en el Caracazo pero que va muchos más allá, hacia el alma de los tres seres que lo protagonizan.

Y, desde luego, todos los cuentos, hasta lo más tradicionales, no llegan a dar una respuesta exacta, total, menos los contemporáneos, ya que en ellos muchas veces “Tantas palabras inacabadas le quedaban” (p.117).

Tal una suerte de bella conclusión a aquellos universos: “Aquella vez, cuya singularidad se deslíe en mi memoria fundiéndola con mucha otras visitas, largas y cortas” (p.146), como en “Los dibujos de Lisboa”, hace poco aparecido en bella separata artesanal en Buenos Aires.

ESCRIBIR

No podía faltar, en tan rico libro que es Para no perder el hilo, algunas observaciones sobre el hecho de escribir.

El despertar de la escritura de una de las protagonistas de los cuentos, que no es la autora del libro, desde luego, fue temprano: “Se también que su padre era ‘escritor’ (así presumía la niña Cheslava en la escuela), escribía cada noche en un grueso cuaderno que guardaba en el fondo del ropero en una caja de zapatos” (p.47), como se lee en “La vida de colores”.

Es el proceso del concebir y crear el que hace que “Las palabras se volvieron sólidas como piedras al momento” (p.108), como en “El quiosco de Nilda”.

En otro de los mejores cuentos del libro, “Los dibujos de Lisboa”, en toda la parte relativa a los dibujos si cambiamos la palabra “dibujo” por “escritura” tendremos los pasos de la iniciación de una escritora.

Leamos:”Me embargó una ola de incrédula emoción. Había descubierto la puerta hacia algo íntimo que ignoraba poseer, un trazo nuevo, limpio, definido en su propia certeza sin esbozos ni borradores, base de ese famoso ‘estilo de arquitecto’”(p.150); “yo hiciera aflorar las sombras del pasado desencadenando la catarsis de una revelación que ni ella ni yo íbamos a olvidar jamás”(p.147), “No podías dejar en paz a esa libreta…en ese cuaderno la imagen de una realidad que se repetía disimulada dentro de sí misma”(p.151). “Es que no puedo parar. Es la primera vez en mi vida que me pasa algo así” (p.152), es, desde luego, para nosotros, dentro la idea que desarrollamos el encuentro con la escritura. “Tampoco podía dejar de dibujar [de escribir], descartar aquella fea puerta tapiada, la palizada provisional que comenzaba a la derecha” (p.156), “La fiebre del dibujo [o de la escritura] se apoderó de mí por muchos años” (p.157). “El proceso de dibujar había desencadenado otra lectura de lo que veía” (p.157). Pudo este ser también el parto por medio del cual nació una mujer de letras.

Septiembre 26,2014.
Roberto Lovera De-Sola | @CodigoVenezuela
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